¿Condenados a hacer menos?

20Jun14

¿Condenados a hacer menos?

Por Salvador Quiroz Ennis

 

 

Después de la inauguración del Pabellón de México en la Bienal de Arquitectura de Venecia 2014 habría que profundizar en varios aspectos de su realización. El INBA acaba de renegociar con la Fondazione La Biennale di Venezia la cancelación del comodato de nueve años en la deteriorada Iglesia de San Lorenzo, adquirido por la gestión anterior. Se trata de un espacio modesto en dimensiones y de mejor escala a nivel financiero: un salón del Arsenale que servirá a México por veinte años y para al menos 80 exhibiciones culturales de arte, cine, música y arquitectura.

 

Los recintos son parte fundamental de cualquier evento cultural, pero si revisamos cuatro elementos fundamentales de la exhibición (gestión, curaduría, museología y museografía) y sus interacciones entre sí, el diagnostico final no es nada afortunado.

 

La gestión es siempre la columna vertebral. Debe cuidar el profesionalismo del proceso y la visión futura de sus interacciones. Desafortunadamente, el INBA permitió que el concepto ganador de su convocatoria, de la cual fui parte solo hasta su fallo, concluyera con deficiencias técnicas, de contenido, de representación, y por ende también de vinculación profesional e internacional, revelando los mismos temas institucionales que siguen siendo un obstáculo para las licitaciones públicas de infraestructura cultural así como también para estos eventos internacionales. Pero eso no es todo, además existen otros problemas que condicionan autoritariamente las colaboraciones multidisciplinarias bajo un interés que por lo general resulta ser poco profesional.

 

El proyecto, realizado entre enero y mayo del 2014, tuvo un tiempo de ejecución muy corto. ¿No hubiese sido más conveniente fabricar en Europa en vez de enviar 1.5 toneladas de material en maletas desde México?   El tiempo de realización no sólo afecta la fabricación del proyecto sino todos los aspectos aquí presentados. Corea y Chile, por ejemplo, ganadores del León de oro y plata respectivamente, trabajaron la curaduría e investigación con uno y seis años de anticipación, más un año de realización museográfica y de producción en ambos casos.

 

Sabemos que la curaduría general de la Bienal la planteó Rem Koolhaas con conceptos muy claros. Se habló de una bienal de arquitectura, no de arquitectos, invitando a mostrar los acontecimientos que construyeron la modernidad de cada país a partir de aspectos sociales, políticos, culturales e históricos. Koolhaas revive la idea de la Bienal de arte, complementando las reflexiones con la inclusión de todas sus segmentos incluyendo arte, cine y teatro.

 

Suiza, por ejemplo, presentó un análisis de los proyectos del antiarquitecto inglés Cedric Price (1925-2003) y del sociólogo suizo Lucius Burckhardt (1934-2003), dos visionarios que realizaron poca obra, pero cuya teoría y vocación de dibujo no sólo han sido herramientas de redefinición de la arquitectura, sino también una demostración de cómo se puede anticipar el futuro. Esta exhibición es una coreografía, no de objetos seleccionados, sino de otra realidad expositiva más viva. Con especialistas moviéndose dentro y fuera del archivo, mostrando los diferentes facsímiles de los proyectos a los visitantes, invitando a reflexionar sobre qué tan modernas continúan siendo las visiones de estos dos pensadores. Es un espacio de libre expresión que no afirma verdades absolutas. Una museología con una curaduría en proceso y sin museografía.

 

Por su parte, México apostó por una pasarela institucional y ordinaria con talentos reconocidos ya cientos de veces. Una expresión contemporánea en apariencia, pero con un discurso tradicional con fuertes concesiones arbitrarias. De esta manera, se incluye el memorial de “Las víctimas de la violencia” por los curadores, a quienes no les importó convertirse en juez y parte, sino poseer absolutamente todas las disciplinas que conforman la exhibición, aún cuando el INBA solicitó equipos multidisciplinarios en el liderazgo.

 

Desde mi punto de vista, museográficamente hablando, el diseño de una exhibición busca la traducción emocional de un discurso intelectual, pero en este caso solo ocurrió conceptualmente, ya que en el resultado final imperó lo ordinario e institucional. Primero, el acceso principal al pabellón mexicano se resolvió del lado colindante al de los Emiratos Árabes, ignorando el patio privado al otro extremo que era la mejor opción. Esa decisión hizo que ubicar a México resultara confuso y difícil de encontrar. Segundo, los planos ejecutivos del pabellón carecían de soluciones investigadas en materiales y procesos, ni detalles claros para que un productor lograra los costos necesarios. Queda claro que no todos están entrenados para resolver detalles de diseño museográfico, pues la solución de la tela envolvente, que era el corazón emocional de la propuesta, resultó pesada, opaca y anticuada. Tercero, ¿Por qué no se aceptó la dinámica sugerida por la Bienal: con los ocho minutos de tiempo promedio por visitante? La proyección se va a casi veinte minutos de una narrativa solo arquitectónica, no traducida y poco sustanciosa.

 

Museológicamente, las exposiciones sobre arquitectura pueden ser aburridas: maquetas, planos, fotos, croquis, textos. Pero la bienal de Koolhaas quiso contar la historia de la modernidad sin mencionar ningún arquitecto. Por ejemplo, se unieron dos ideologías en un solo pabellón, en el caso coreano. Los daneses poetizaron sobre la estética y la naturaleza como elementos complementarios de la arquitectura. Los finlandeses presumieron la sencillez y la materialidad de su diseño. Los rusos ironizaron sobre el capitalismo mientras los americanos presumían su poderío corporativo. Sólo haciendo a un lado los nombres detrás de la arquitectura se expresa de manera más amena la colaboración técnica y creativa del espacio. Ese fue el principal agasajo de visitar la Bienal este año.

En el caso mexicano se debió gestionar primero la curaduría y, luego, la museografía como lo hicieron otros países. Planear ordenadamente —como rara vez hacemos— y, coordinar una auténtica colaboración entre los distintos actores para establecer ejemplos integrales de equipo que quizá algún día nos ayuden a ganar un mundial y más medallas olímpicas por equipos.

 

Esta desafortunada táctica curatorial, museológica, museográfica y de gestión del pabellón mexicano en la Bienal secuestró el espacio conceptual y representativo presentado en el concurso; formó bajo las perversas y ancestrales mañas entre el Arquitecto y el Poder (en mayúsculas, por supuesto) un stand de turismo sin visión. Digamos que lejos de representar nacionalmente a las mentes orquestales, los talentos curatoriales, y la sensibilidad museológica y museográfica que el país es capaces de hacer; mostró los malos y comunes procesos que nos condenan demasiado seguido a una miedosa y vergonzosa imposición banal que perjudica a todos los gremios del arte y la cultura, y que además sigue formando parte de todas las licitaciones de infraestructura nacionales que comparten el mismo problema. ¿Condenados a ser modernos? Me temo que no.

 

 

PS. Anexo carta enviada al INBA donde cuestiono ¿porque se secuestro el proyecto por parte de los curadores?
Existe un enorme problema cuando una persona puede hacer lo que le plazca en nombre de un equipo o un país.

Me deslindo del proyecto ejecutivo, no de la idea que trabajamos todos para el concurso y que tenía potencial de ser una mejor representación.

 

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